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Mundial de USA´94

8 de Diciembre de 2008

Para muchos el mundial de fútbol más aburrido. Para otros la confirmación de este deporte como evento ultramasivo. Para los primeros, los más clásicos, aquellos que ya llevaban años disfrutando de la evolución de este deporte al que se le presumía que llegaba con la etiqueta de moderno (Milán de Arrigo Sachi, Barça de Cruyff) se les llenaron los ojos de decepción. “¿Si esto es el futbol moderno a donde vamos a parar?” Debieron pensar.
Es cierto que no hubo mucho fútbol. Ni siquiera el ganador del torneo, Brasil, que acostumbraba a ganar enamorando, pudo presumir de hacer buen juego. Tampoco ayudaba la ausencia de estrellas rutilantes. Desde la época de Di Stefano, hasta Maradona, mirando por décadas, siempre habían existido muy buenos jugadores. Pero por encima de ellos siempre existía una figura de otro planeta encarnada en los nombres de los cuatro grandes. Esta vez, la atracción más fuerte era el ver a un Maradona en clara decadencia .
Sin embargo, otros, como mi generación, no dudan de que este acontecimiento les ha marcado. Tenía algo especial. De hecho lo único que pudo faltar para que fuese el mejor mundial de la historia fue eso, buen juego, que al final es la esencia por la cual se organizan este tipo de eventos. Pero todo lo que rodeaba a ese mundial era un clima exclusivo, peculiar, diferente. Desde la propia elección del organizador ( EEUU y Marruecos se la disputaron) hasta la pasión con la que fue tratada el torneo no solo en ese país, sino en todo el mundo. Máxima asistencia de la historia a unos mundiales a pesar de que era la primera vez que lo organizaba un país con nula o escasa tradición futbolística. Un 10 para el anfitrión que se ocupó de llevar el futbol como evento de masas a su máxima expresión. Un mundial moderno. Un mundial carismático.
La historia ya se sabe. Argentina eliminada en la primera fase y “El Pelusa” en “los médicos”. Para el recuerdo jugadores como Bebeto y Romario, Roberto Baggio, Jurgen Klinsmann, Hristo Stoichkov, Gica Hagi o Frank Rijkaard y con ellos un pequeño grupo de menor nombre que asomaron la cabeza y reclamaron su momento de gloria en ese mundial: Kennet Andersson y Dahlin(Suecia), Salenko (Rusia), Caminero, García Aspe (México), Raducioiu (Rumania) o Michel Preud´homme (Belgica).

Wikipedia: Mundial USA 94

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Mágico González

8 de Diciembre de 2008

“Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre. Sé que soy un irresponsable y un mal profesional, y puede que esté desaprovechando la oportunidad de mi vida. Lo sé, pero tengo una tontería en el coco: no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Sólo juego por divertirme”.

Así se define él mismo. Corría el verano de 1983 y Jorge González cumplía un año en Cádiz. Un periodo de tiempo que ya bastaba para comprobar como se las gastaba este mago dentro y fuera de los terrenos de juego y que no hizo más que resumirse ese agosto de 1983 en el clásico trofeo de verano de la ciudad gaditana, el Ramón de Carranza. El jugador se presenta tarde a la semifinal contra el Barcelona después de haber acabado la juerga del día anterior en unas condiciones lamentables. La escena no sorprende a nadie y es castigado con el banquillo. Al descanso el Barça se retira a los vestuarios con marcador de 3-0 a favor y “Mágico”, a pesar de no estar en las mejores condiciones, se prepara para saltar al campo.

Dicen que ese partido fue el mejor de su carrera deportiva y una de las mejores actuaciones individuales recordadas sobre un terreno de juego. El caso es que el partido terminó ganándolo el Cádiz y este salvadoreño de espíritu rebelde y extravagante dejó todo un elenco de regates y recursos futbolísticos extraordinarios, además de ser partícipe en los cuatro goles de su equipo, con dos tantos y otras tantas asistencias.

Jorge “Mágico” González representa en su más fiel estilo esa cada vez más extinguida clase de jugador que parece haber vivido, a pesar de su calidad descomunal, muy por encima de todo lo que, ya en su época, comenzaba a rodear al fútbol. Del dinero, en definitiva. Los clubes temían sus salidas nocturnas y veían con recelo el ficharle. Pero tampoco él nunca podría haber jugado en un grande, era demasiado humilde. Su honestidad hizo que nunca fuese a recoger ninguna de las múltiples primas que a final de temporada otorgan los clubes a sus futbolistas.

“El mago”, como fue apodado en sus inicios por un comentarista de su país, ha sido, además de un futbolista único, uno los personajes más excéntricos que ha pasado por el panorama futbolístico. Su pintoresca vida ha estado marcada de infinitas anécdotas sucedidas en el contexto que, junto con el de la pelota, mejor le definían: el de la calle. Desde irse a casa descalzo tras regalarle sus zapatos a un gitano que le había dicho que le gustaban, hasta dormirse en las cabinas de los disc-jockeys de las discotecas gaditanas mientras se escondía del que en aquella época era su entrenador, David Vidal, que se cuenta que le perseguía por las noches de forma obsesiva. Mil historias que corroboran que su vida fue así de estrafalaria. Hasta su nacionalidad, salvadoreña, resulta extravagante.

En lo deportivo, era un genio del balón. Su cima futbolística paso por el Mundial de España 82 que le llevó a ser objeto de deseo de numerosos equipos, como el potentítisimo Paris Saint Germain de aquella época, antes de acabar en Cádiz. Clasificó a El Salvador para su primer mundial y, a pesar de haber perdido su selección los tres partidos, él fue incluido en el mejor once del campeonato. Viéndolo se podría decir que tiene rasgos maradonianos y que se le parecía, que es un pequeño Maradona en diestro, pero seguramente se parecía más a él fuera de los campos, siguiendo esa especie de línea fatídica que conllevan los genios inadaptados. Trataba el esférico con una dulzura exquisita, lo cogía de una forma muy especial, lo acariciaba como nadie. Nadie controlaba ni encaraba de la misma manera. “Era un auténtico enamorado del balón” llego a decir David Vidal. Nadie tenía su estilo. Igual que nadie era como él. Su manera de jugar no era más que una prolongación en el campo de su forma de ser. En definitiva, era único.

Dejaron su sello... , , , , ,